
Escribo tarde sobre la muerte del último diseñador de moda que merecía el epíteto de genio y/o artista que tanto se prodiga banalmente. Pero no tanto -seis años- como el resto de medios interesados en el asunto. Porque Yves Saint Laurent no falleció el pasado dos de junio. Llevaba muerto desde enero de 2002, cuando, forzado por las circunstancias, se vió obligado a abandonar la 'maison' que él mismo había fundado cuarenta años atrás. Tom Ford le echó, literalmente, a la calle. 'Monsieur' Yves era incapaz de enrolarse en la maquinaria cruel que impone tendencias de ida y vuelta, provocación barata y ropa de usar y tirar que se mete por los ojos a través de campañas de promoción de alcance universal. Como las armas de destrucción masiva, pero dirigidas al intelecto y al bolsillo.
Ironías del destino, se escucha a los 'sucesores' -jovenzuelos melifluos de pantalón pitillo y 'Wayfarer' ácida, algunos con espacio propio en la TV- llorando su pérdida "irreparable". Si un ser humano como Saint Laurent salió del asunto por la puerta de atrás fue por culpa de personajes ubicuos y ambiciosos, incapaces de valorar el trabajo bien hecho si ello implica renunciar a los cinco minutos de fama que predijo su íntimo Warhol. Tom Ford zarandeó al maestro, declaró en una entrevista que se había "portado como un cabrón con él" porque no quiso contribuir al saqueo de sus archivos ni profesaba admiración alguna por un publicista tejano cuyos orígenes están ligados a McDonald's y que, en los primeros años de este siglo, era considerado como una especie de gurú porque resucitó Gucci de las cenizas -Mafia, vendettas familiares, quiebra empresarial-. Pero la firma que erigió YSL no consiste en vender copias de sus cinturones y zapatos en Zara a cambio de anunciarse en las 'Biblias' de la moda mediante anuncios encarnados por supermodelos en bolas. YSL cambió el mundo, la sociedad en conjunto, al trasladar un concepto clasista y elitista per se, la moda, a la calle. Otorgó a la mujer el poder de elegir un esmoquin en lugar de un traje largo, de sugerir a través de transparencias en lugar de provocar explícitamente. Él y no otros importaron de África las telas, las prendas, las modelos negras. Yves Saint Laurent fue, paradójicamente, un pionero a la hora de mercantilizar su trabajo, el primero que sacó provecho del escándalo -Opium-, que utilizó el desnudo, que paseó sus adicciones en las pasarelas en forma de trajes que rozaban el Arte. Y, sin embargo, el márketing acabó con él. Sin embargo, pasará a la Historia como siempre deseó.
